Cumpliendo su ritual de cada mañana, validó su noveno viaje del bonotren, atravesó el torno de acceso a la estación y se dirigió al andén.
Como siempre, se sentó en el mismo asiento del mismo banco que, como si de un pacto no escrito se tratara, estaba libre esperando su puntual llegada.
Absorto observaba el frenético ir y venir de los trenes, imaginando por un momento que estaba en cada uno de sus destinos.
Llegada su hora habitual de marcharse, no se levantó, inclinó suavemente la cabeza sobre su pecho, y ya no utilizó el décimo viaje.





2 criticas constructivas:
Un tema recurrente, con imágenes comunes y un final sin destino. ¿Alguien harto de viajar en tren?
No se por qué las estaciones y los andenes tienen ese dejo de malancolía, de tristeza, debe ser por eso de estar siempre de paso. Eso me hizo pensar este texto.
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