A eso de las tres de la mañana dejaron caer su cuerpo en la camilla para que los pseudodoctores reflejados en la blanca loza de la pared comenzaran a trabajar en el muchacho.
Despertó abruptamente y la sangre que escurría por la camilla se encontró con su mirada, un hombre ensangrentado entro y sumergió un cigarrillo en su boca, el aire estaba denso, su cuerpo inmóvil, respirar le era difícil como si un pulmón le faltara, entonces comprendió el robo, aspiró el tabaco y, mientras el humo se escapaba por sus carnes abiertas, esperó la muerte.





1 criticas constructivas:
Una tortura, inquietante atmósfera la que porpone el autor. Me gusto eso de los pseudodoctores.
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