Yera pasó su día escarbando el seco suelo. Al atardecer, rodeada de sus hoyitos, fijó su mirada alicaída en el paso de los contados afortunados. Como todos los crepúsculos, regresó al poblado con su pequeño colgado en una bolsa a sus espaldas. Aquella noche, desesperada, pidió un deseo a los dioses de la brisa: "¡Por favor! ¡Qué sea yo la que encuentre una raíz mañana! ¡Por favor!"
(Reni)





2 criticas constructivas:
Un cuento crudo como la vida misma. La realidad plasmada a cara descubierta. Para pensar.
Un exótico relato que nos envía hacia otro lado. Un viaje.
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